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El PSOE vive estos días una fiesta democrática . Nada mejor que convocar a su militancia a las urnas para que decida su futuro. Votaré a Susana Díaz . Otras alternativas lo llevarían a diluirse en una opción minoritaria , dejando en manos de los “nuevos liberales” de Ciudadanos el arrastre de la mayoría reformista.
Susana Díaz es demócrata como ha acreditado durante su vida política ganando la Secretaría Provincial del PSOE de Sevilla y la Secretaria General del PSOE de Andalucía. Debe conducir al partido hacia la democracia total . Necesitamos un Partido que se parezca a la sociedad abierta que pretende liderar. Se trata de construir oportunidades para todos los españoles que deseen asumir un compromiso temporal con la política.

Un partido que atraiga a personas con distintos horizontes profesionales , pero con un denominador común: luchar por la sociedad abierta amenazada en el mundo por sus enemigos, y perseverar en la batalla por la igualdad . Un partido que tenga un método de trabajo basado en la generosidad de oír a la gente antes de proponer. Una organización que sepa decir que sí, pero también que no, porque no se puede prometer lo que no se va a cumplir.
Susana Díaz sabe bien que la unidad del PSOE no es unanimidad. Tiene un proyecto integrador, de suma de todos los que el día después quieran ayudar en la conquista del poder público. Cree en España y en la obra de los españoles desde 1978. Hemos vivido el período de mayor prosperidad en la historia gracias al diálogo de todos los que aspiraron a una convivencia pacífica en el seno de un proyecto constitucional. El PSOE siempre ha arrimado el hombro para construir España . No hay nada más español que ser socialista. Nos sentimos orgullosos del trabajo de Felipe González y José Luis Rodríguez Zapatero.
Susana Díaz debe contruir una organización que sepa decir que sí, pero también que no, porque no se puede prometer lo que no se va a cumplir
Los nuevos retos deben ser abordados con reformas. No es razonable defender la ruptura con el trabajo bien hecho. Conviene presentar un proyecto de país que genere afectos en todos los territorios en el marco de la construcción europea, que debe seguir con los que quieran avanzar más.

Susana Díaz entiende que puede ganar las Elecciones . Hay que trabajar para convencer de que no podemos buscar la sed de libertad, ni el bienestar, en las fuentes de la amargura y del odio.
El discurso del PSOE debe descartar los argumentos de los predicadores de la fatalidad , a los populistas refugiados en sus identidades locales, arquitectos de lo singular, que han cobrado su máxima expresión en el llamado Brexit , en la victoria de Trump en los EEUU, en la fuerte presencia política en los Parlamentos de fuerzas centrífugas del proyecto europeo y en España en los dirigentes que mostraron neutralidad en las elecciones francesas , convirtiéndose en cómplices del fascismo.

Esa misma dirigencia que no condena la barbarie y el asesinato de la dictadura venezolana. Dirigentes de la sociedad cerrada que nos avergüenzan al situarse a la ‘izquierda’ para, seguidamente, no tener empacho en entregar el gobierno de España a la derecha. El PSOE es un partido abierto al diálogo y así lo dice Susana Díaz. Pero también afirma su autonomía. No es necesaria la cooperación con quienes, desde los sentimientos extremos, se alejan de la mayoría reformista que otorga la capacidad de gobernar.

He visto a Pedro Sánchez defender la reforma constitucional de Zapatero y después denostarla; enarbolar la bandera del liberalismo , y alzar el puño cantando la internacional. Su credibilidad es escasa; su impostura, alta.

No hay nada más español que ser socialista. Nos sentimos orgullosos del trabajo de los presidentes Felipe González y José Luis Rodríguez Zapatero
Sánchez no sería candidato en ningún lugar donde se afirme la responsabilidad por los resultados electorales. Derrotado por dos veces, debió dimitir . Así lo hacen sus colegas europeos. Se empeñó en conducir al país a un callejón sin salida, fortaleciendo al Partido Popular, y dejando a los ciudadanos a merced de sus políticas. El error de Rajoy le ofreció la oportunidad de presidir España, pero Podemos frustró su iniciativa. En ese momento, debió negociar una abstención que aprovechara la recuperación para servir a los intereses de la mayoría desplazada por la crisis , lo que le hubiera conducido a la presidencia del Gobierno. Buscó el discurso fácil y llamó a los sentimientos primarios del partido, olvidándose de liderar España desde la oposición.

Su gestión del partido ha sido mala. No ha cumplido la promesa de democratización. En el tintero quedaron las primarias abiertas a la ciudadanía para elegir al candidato a las elecciones y, visto con calma, fue bochornosa la agresión al Partido Socialista de Madrid , con la destitución de su Secretario General, y la disolución del Comité Regional, hechos que pasan inadvertidos para denunciar como “golpismo” su pérdida de una votación en el Comité Federal y su dimisión.
Si antes no quiso empoderar a la militancia, y a la ciudadanía, para democratizar la organización en su interior y hacia el exterior, no veo la razón de que lo haga ahora.

Nos propone un modelo contrastado en Francia tras el fracaso del Partido Socialista, desbancado por el populismo de Mélenchon . Las propuestas extremas de retorno a la sociedad cerrada no salen adelante en Francia. No comprendo las razones para que ese modelo triunfe en España.

Sánchez se empeñó en conducir al país a un callejón sin salida, fortaleciendo al PP, y dejando a los ciudadanos a merced de sus políticas
Sánchez no movilizará a la mayoría alejada de la radicalidad de su proyecto, y del de Pablo Iglesias. Con independencia de quién liderara el populismo, ambos son la garantía del triunfo de la derecha . Convierten a Ciudadanos en la referencia de la oposición capaz de atraer a la mayoría reformista, por la incomparecencia de la izquierda con un proyecto para la mayoría. ¿Nos devolverán en el siglo XXI Iglesias y Sánchez al turnismo decimonónico de la Restauración?

Me parece más razonable ensayar un camino reformista que una vía rupturista. El día 21 de mayo votamos si queremos un PSOE que pueda ganar las elecciones o si lo condenamos a la marginalidad. Yo votaré por un PSOE ganador. Ha sido el instrumento mejor desde el último tercio del siglo XX para mejorar las oportunidades y la calidad de la vida de las personas.

 

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Hace unos años Acemoglou y Robinson, dos economistas de prestigio, explicaron por qué fracasaban los países en un libro de notable éxito. Y decían que los países con instituciones inclusivas tenían éxito porque fomentaban la participación de la mayoría de las personas, atraían talento y permitían que la gente pudiese elegir la vida que deseaba llevar. Para ello era necesario que las instituciones fuesen transparentes, imparciales y facilitasen la igualdad de condiciones. Por el contrario, las instituciones extractivas obtenían ventajas de una parte de la sociedad para beneficiar a otra, las élites extractivas, lo que explicaría el fracaso de los países que las promovían.

España es un gran país, no podemos decir que haya fracasado, ni que predominen las instituciones extractivas, sería una exageración. Pero sus partidos políticos tienen claras inclinaciones extractivas que pueden cambiar para que el país sea mejor. Hablemos del PSOE, al que conocemos más, y que afronta, en breve, un delicado proceso de elección de su Secretario General.

Hay una importante crisis de vocaciones socialistas. El PSOE tiene dificultades para aglutinar talento, a diferencia de hace algunos años. Parece una organización estática en una sociedad civil que es muy abierta, flexible y dinámica. El PSOE se parece menos que antes a la sociedad española, y esa es la gran tragedia de España, acostumbrada a avanzar, en todos sus ámbitos, a impulsos del reformismo de sus Gobiernos socialistas.

Es verdad que el PSOE ha trabajado en mejorar su democratización, pero de forma algo tímida, asistemática e improvisada, sin una reflexión de calado, lo que ha generado experiencias traumáticas y desgarros emocionales intensos. Tanto es así que han existido tentaciones de dar marcha atrás, de encerrar más a la organización en un clásico modelo de Partido decimonónico, de abandonar las primarias, de amañar un solo candidato.

Las contradicciones han sido notables. Hemos engañado a la gente porque prometimos unas primarias abiertas que nunca se celebraron para elegir a nuestro candidato a la Presidencia del Gobierno. Ya se sabe, quien llega a la Secretaría General después se encierra en su castillo.

Otras veces, improvisadamente, decidimos elegir a nuestro Secretario General por la militancia (un militante, un voto), pero mantenemos a un Comité Federal con una representación delegada: ¿qué legitimidad tiene entonces para censurar a un Secretario General elegido por la militancia? El Comité Federal también debe ser elegido por los militantes.

Si el PSOE quiere parecerse más a la sociedad española actual tiene que fomentar en su casa las oportunidades. Nada mejor para atraer el talento que impulsar el pluralismo, que convertir al PSOE en una institución más inclusiva.

Ni siquiera en sus recientes impulsos democráticos abandonó el PSOE algunas maneras extractivas. En su última competición electoral interna fueron candidatos surgidos de las élites de la organización los que compitieron, porque sólo quien es élite, o es promovido por la élite, puede competir en el PSOE.

Reconozcamos que los momentos que vive el PSOE son de dudas. Pero como decía Olof Palme, ante las dudas la solución siempre es apostar por la democracia. Y por ello, hay algunas reglas que deben asentarse bien en el Partido para garantizar su funcionamiento inclusivo, su naturaleza de organización abierta a las oportunidades y a la atracción del talento.

El liderazgo se legitima entre quienes tienen ideas que contrastar y pretenden convencer. Apostemos por la competencia y la discusión organizadas. Cabe sentir envidia de las Primarias francesas, con siete candidatos. Que nadie pretende hurtar el debate al PSOE. Las actitudes cuentan.

No podemos hacer sólo debates de personas, sino de ideas y de personas. Cualquiera que aspirase a liderar el PSOE debería presentarnos una moción, un proyecto político, una idea sobre España.

Sólo deberían avalarse para competir en un proceso de primarias las mociones, los proyectos firmados por los aspirantes. Aunque todos pertenecemos al PSOE, seguro que tenemos diversos enfoques sobre muchos temas. El debate enriquece, y cualquier militante aporta tanto como un comité de sabios: ¿por qué reducir la pluralidad?

No pongamos puertas al campo. Necesitamos a los mejores, que sólo vendrán si hay oportunidades, si se abren los espacios de participación, si no observan que la organización es una merienda de unos pocos que sistemáticamente se reparten la tarta. Que se abran las ventanas y que corra el aire.

Reduzcamos los avales para competir, dejémoslos reducidos a una mínima expresión. Dejemos tiempo más que suficiente para recogerlos. Permitamos que los compañeros avalen a más de una moción, proyecto y candidatura, de forma secreta e individualmente ante una autoridad electoral independiente: ¡un aval no es un voto por anticipado, hombre! ¡Qué es eso de los avales colectivos fiscalizados por la élite!

Busquemos otras formas de legitimación para concurrir, como el apoyo de un número de diputados, de concejales, de miembros del Comité Federal. No se nos escape que esta última fórmula sería más efectiva si nuestro sistema electoral primase más la cercanía del representante político con la ciudadanía que con la élite de los Partidos.

Soñemos con una competición de más de dos candidaturas, y abramos la posibilidad de que exista una segunda vuelta entre las dos más votadas en la primera.

Y sobre todo, velemos por la igualdad de armas y la transparencia. Aunque se trata de contextos distintos y elecciones diferentes, constituye un ejemplo de transparencia y honestidad política la dimisión del Primer Ministro Manuel Valls para competir por la candidatura socialista a la Presidencia de la República francesa; Nicolás Sarkozy dimitió de la Presidencia del Partido conservador francés para concurrir a primarias; Martine Aubry dejo de ser Primera Secretaria de los socialistas franceses con idéntico fin.

Tomemos nota, y consigamos que los recursos personales y financieros de los proyectos y de los competidores que superen la barrera de los avales sean equivalentes.

En fin, se trata de aproximar al PSOE a los modelos europeos ya aplicados, por cierto, con extraordinario éxito. Hay que apostar por la democracia, lo que exige que el PSOE abandone inclinaciones extractivas para avanzar hacia un Partido más inclusivo: un Partido abierto, para una sociedad abierta como la española.

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El sistema sanitario español tiene un importante problema de financiación y gestión. Abundaré más en este segundo aspecto.

Son conocidas las amenazas para la sostenibilidad del sistema de salud público. De una parte, vivimos más, afortunadamente, pero la población envejece, y se desarrollan enfermedades crónicas, como la demencia senil, o el alzhéimer, entre muchas otras, que supondrán una mayor demanda de prestación de servicios sanitarios. Y, de otra parte, se encuentran las denominadas “enfermedades emergentes”, como el ébola, felizmente atajado por la sanidad pública y sus profesionales, y las que aparezcan, que exigen un sistema sanitario capaz de ofrecer respuestas inmediatas.
Es el momento de reaccionar. La sanidad requiere más dinero, sí, pero también una mayor eficiencia en su gestión.
La respuesta en España a tan graves desafíos consiste en racanear y en una voluntad constatada de no transformar el sistema.O dicho con otras palabras, la respuesta son los copagos, los recortes, y las privatizaciones,  que se traducen en echar a la calle a los pacientes.
Resulta de sobra conocido que el grupo sanitario alemán Fresenius Helios ha comprado el grupo español Quirón por 5.760 millones de euros, constituyendo uno de los grupos sanitarios privados más importantes de Europa. Su negocio más rentable deriva de los conciertos firmados con la sanidad pública, especialmente la madrileña. De los 2.732 millones facturados por Quirón, más de 800 millones proceden de los cinco acuerdos con la sanidad pública por la gestión de cuatro hospitales en Madrid, y uno en Cataluña.
Quirón gana dinero, de un lado, por los denominados “peajes en la sombra”, ingresos fijos per cápita según el área sanitaria asignada y su número de habitantes, hagan uso o no del servicio hospitalario; y, de otro lado, por los pagos adicionales por los pacientes que deciden libremente ser atendidos en los centros concertados a pesar de no encontrarse en su área asignada. Y es público y notorio que la Seguridad Social no para de desviar forzosamente a pacientes a los centros privatizados (si te niegas sufres grandes demoras, y las citas están gestionadas por empresas privadas) en paralelo al desmantelamiento continuo de los centros públicos (eliminación de camas y cierre de plantas). A todo ello hay que añadir que el sistema privatizado rebaja la calidad de los servicios ofrecidos, suprime las investigaciones sanitarias caras y los tratamientos más costosos (¡que los pague el sistema público!), y fomenta la precariedad laboral de los centros privados: un negocio redondo, sin duda. ¡Y aspiran a más! Creciendo, mediante la privatización del servicio público, y generando una gran bola de nieve difícil de abortar por las implicaciones sociales y laborales.
Conviene transformar el sistema español de salud, en lugar de expulsar a los ciudadanos de su sistema público de salud, arrimarlo al siglo XXI, aprovechar las oportunidades de las tecnologías, conectarlos, ayudarlos a gestionar su salud: los pacientes autogestionados, dice Rafael Bengoa, “acuden menos al sistema e incorporan mejor a sus rutinas la medicación y los comportamientos saludables”.
La clave también está en mejorar el tratamiento de las enfermedades, a veces resuelto de forma dispar según el lugar y la persona. No caer en el “riesgo del especialista”: saber mucho de poco, cada vez más de menos, hasta saberlo todo de nada, entendiendo que el cuerpo humano es una máquina sincronizada, donde sus elementos están en estrecha relación, y que las respuestas son más colectivas que individuales. Entender que eres lo que haces y comes, lo que exige sistemas de información y concienciación que pueden evitar millones de gastos a la sanidad. No parece acertada la conexión de la atención primaria con la hospitalaria, compartimentos completamente estancos. Avanzar en la lógica conexión y cooperación de los servicios sociales y los servicios de salud. Y fomentar la comunicación con la sociedad civil para prevenir y atajar los problemas que puedan generar las “enfermedades emergentes”.
Todo esto es mejor que avanzar hacia un modelo donde nuestras vesículas coticen en el DAX 30, el equivalente al Ibex 35 en la Bolsa alemana. En estos momentos claves de diálogo, la sanidad pública no puede quedarse en la asignatura pendiente. Y se habla poco de ella, y de sus problemas, no vemos que haya estado en la agenda política. No hay igualdad de oportunidades sin una sanidad pública de calidad.
Alguien deberá estudiar la oportunidad que los hospitales madrileños privatizados vuelvan al sistema público de salud.
*Para la elaboración de estas breves notas he utilizado los trabajos de Rafael Bengoa en su Blog, y las aportaciones de Ángeles García Portela, también en su Blog. Cierto es que me han sido muy útiles las charlas con un buen amigo, y prestigioso médico, de la sanidad pública madrileña. Gracias.

Las recientes declaraciones de algunos parlamentarios socialistas indicando que desobedecerán por motivos de conciencia las indicaciones del grupo parlamentario a favor de la abstención a la candidatura de Rajoy a la presidencia del gobierno, han reabierto el debate en torno a la posibilidad de que los parlamentarios puedan negarse en conciencia a votar aquello que les indica la dirección del grupo parlamentario.

Hasta ahora este debate se había producido en contextos donde podía producirse un conflicto claro entre la ideología inherente a una norma y las creencias o convicciones personales de los parlamentarios, en contextos como, por ejemplo, el aborto, la eutanasia o el matrimonio de las parejas del mismo sexo.

Sin embargo, la peculiaridad que presenta el debate actual es que la objeción de conciencia se plantea contra la candidatura de un líder político, de forma que la asunción de una determinada aptitud en este terreno sería la que violentaría las creencias o convicciones personales de sus señorías.

La objeción de conciencia acaece en aquellos supuestos en los que una norma jurídica obliga a un individuo a hacer algo que su conciencia considera prohibido, o bien cuando la norma jurídica no permite a los individuos hacer algo que su conciencia les ordena hacer; en ambos supuestos es necesario que el incumplimiento de la norma jurídica suponga la imposición de una sanción al individuo incumplidor.

Cuando esto ocurre, el individuo puede ser coherente con sus creencias y convicciones, planteando un supuesto de objeción de conciencia que implica incumplir el mandato jurídico y aceptar la sanción que le impone el ordenamiento jurídico.

Ahora bien, para hablar de objeción de conciencia hace falta que exista una colisión entre una norma de derecho y las creencias y/o convicciones personales, y no un mero disgusto o un “no querer” hacer aquello que ordena el derecho.

El Tribunal Constitucional ha señalado en reiteradas ocasiones que la objeción de conciencia no puede conformarse como un derecho fundamental o garantizarse con carácter general, ya que el reconocimiento del derecho a no cumplir lo dispuesto por el ordenamiento jurídico supondría la negación misma del Estado de derecho y la tiranía de la conciencia individual.

En el caso de la pretendida objeción de conciencia de los parlamentarios a votar aquello que les ordena el grupo parlamentario, las piezas del rompecabezas son las siguientes: por una parte, el texto constitucional es preciso al señalar que: “Los miembros de las Cortes Generales no estarán ligados por mandato imperativo” (art. 67.2 CE) y que “El voto de Senadores y Diputados es personal e indelegable” (79.3 CE); pero por la otra, la normativa reguladora de los cargos públicos del PSOE, que es donde se determinada la forma de selección de candidatos y candidatas a los diferentes cargos públicos en las listas del PSOE, establece que “los miembros del Grupo Parlamentario Federal del PSOE están sujetos a la unidad de actuación y disciplina de voto. Si no la respetasen, el Grupo Parlamentario y la Comisión Ejecutiva Federal podrían denunciar su conducta al Comité Federal. Si la actuación originada por el miembro del Grupo se estimase grave por el Comité Federal, éste tendría facultades para proceder a darle de baja en el Grupo Parlamentario, procediendo a incoar el correspondiente expediente, que será tramitado por la Comisión Federal de Ética y Garantías para que dicte las resoluciones a adoptar” (art. 6).

En otras palabras, el marco constitucional ha optado por un modelo en el que los parlamentarios son libres para votar aquello que estimen conveniente, con independencia de cuáles sean sus creencias o convicciones personales, sin que se prevea la posibilidad de delegar el voto; pero la reglamentación interna del partido ordena la unidad de actuación y disciplina de voto de los parlamentarios, de forma que los teóricamente libres parlamentarios deben votar de acuerdo con lo que disponga el grupo parlamentaria.

En este contexto deben tenerse en cuenta tres argumentos que no son baladíes, y que normalmente los parlamentarios que reivindican su derecho a votar en conciencia suelen ignorar:

1. Nuestro modelo político se soporta en un sistema de listas cerradas, de forma que los votantes solo pueden votar por los partidos políticos en su conjunto, y carecen de capacidad para decidir el orden de los candidatos listados o, por ejemplo, para votar a candidatos de más de un partido político.

El votante no elije de forma específica al candidato X o al candidato Y, sino que debe elegir la lista que le ofrece el partido político que más le agrade, y sin capacidad para decidir no votar al candidato Z o para votar exclusivamente a ese candidato.

Desde esta perspectiva, el poder de las jerarquías que dirigen los partidos políticos es enorme, ya que debe tenerse en cuenta la enorme discrecionalidad con la que ésta cuenta para decidir quién integra las listas, e incluso en muchos casos con independencia del compromiso de los candidatos con el partido político en cuyas listas se integran, pues son los denominados candidatos independientes.

2. Pese a que, como se ha dicho, una vez elegidos los parlamentarios son libres para votar lo que estimen conveniente, la lógica y el sentido común parece indicar que cuando un individuo acepta formar parte de una lista electoral lo hace con todas sus consecuencias, pues será elegido gracias a su inclusión en la misma y se presume su compromiso con el reglamento interno del partido que avala su candidatura, que en el caso del partido socialista ordena la unidad de actuación y disciplina de voto.

3. Dado que no existe la obligación jurídica de que los parlamentarios voten de acuerdo con lo que les ordene el grupo parlamentario, más allá de su compromiso ético y personal con el reglamento interno del partido que representan, no cabe hablar de un supuesto de objeción de conciencia, pues no hay mandato jurídico contra el que rebelarse en conciencia. Otra cosa es que, en el supuesto de que el Comité Federal estime que la actuación del parlamentario genere un daño grave al grupo parlamentario,  éste pueda darle de baja del mismo; algo que, por otra parte, es imprescindible para nuestro modelo político pues en otro caso serían los parlamentarios a título individual y no el órgano de gobierno federal el que decidiría la política parlamentaria del partido.

Así las cosas, la pretendida objeción de conciencia que algunos parlamentarios han alegado para no votar al candidato a la presidencia Rajoy no es más que una mera excusa para votar lo que les venga en gana, pues desde la perspectiva jurídica son libres para hacerlo, y otra cosa muy diferente es el compromiso y la coherencia con el partido al que representan en el parlamento.

En todo caso, parece que, más que un tema de creencias o convicciones personales, estamos ante un supuesto de responsabilidad y de lealtad con las siglas políticas que se dicen representar.

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Durante estos días, he participado en dos encuentros con los socialistas de Lominchar (Toledo) y Valdemoro (Madrid), y les comunicaba mi preocupación por la larga ausencia en España de un proyecto político.

La Constitución española de 1978 representó un gran esfuerzo colectivo que recogió un consenso entrecruzado (Rawls) que con sus virtudes, y sus defectos, han permitido una próspera convivencia a la sociedad española.

La construcción del Estado del bienestar y el ingreso de España en la Comunidad Económica Europea constituyeron nuevas metas colectivas alcanzadas con éxito por los gobiernos de Felipe González.

Y la política de ampliación de derechos civiles emprendida por José Luis Rodríguez Zapatero también ahormó un proyecto político.

En resolución, desde 1978 a 2016, España ha tenido momentos relevantes de construcción colectiva de un país, haciendo buena aquella frase de Renan que decía que una nación era un plebiscito cotidiano: se hacía, o deshacía, cada día.

Esos momentos colectivos generaban afectos y un sentido específico y positivo del concepto de patria en todos los puntos de la península. Porque no es otra la idea de patria que la de crear oportunidades para que las personas pueda llevar la vida que desean y sean más felices.

Pero las luces han venido acompañadas de sombras. En otros momentos, el país ha sido conducido por la senda de los desafectos, que han generado un profundo malestar en unos sitios, y una voluntad importante de desincorporación en otros.

No han sido proyectos colectivos, ni han producido afectos, la visión Atlántica de la política española con su máxima traducción en la guerra de Irak; colocar a las personas por debajo de los poderes económicos a través de los recortes y de la privatización de los servicios públicos esenciales; o instaurar a la corrupción como referente de la vida institucional.

La unión política se fundamenta en los proyectos comunes. Estamos juntos para hacer algo. Si no hay nada que hacer, es normal que algunos se quieran marchar. Entiendo que nadie ofrece hoy en España algo que hacer juntos.

El PSOE puede reaccionar y presentar a los españoles una nueva narrativa colectiva para los próximos años que presenta los ejes siguientes:

En primer lugar, debe contribuir a la resolución del problema territorial que aqueja al país. Los resultados electorales en el País Vasco permiten una colaboración recíproca que conduzca a una Enmienda Constitucional y a un nuevo Estatuto vasco. El diálogo con el PP y Ciudadanos es vital para diseñar el modelo de país que queremos (agenda española), y el acuerdo con los nacionalistas vascos es posible si miramos con simpatía a la agenda vasca. Esta gran Enmienda Constitucional que será fruto de la centralidad de la política vasca y española, ayuda a vaciar de contenido ideológico al proceso independentista de Cataluña contrastando que hay una vía para el avance en la convivencia con una idea central: la soberanía Europea. Sería interesante que Podemos se incorporara a este debate, pero me temo que está centrado en planteamientos rupturistas e inconstitucionales como la afirmación del derecho de autodeterminación de los pueblos de España.

En segundo lugar, el PSOE tiene que afirmar su absoluta lucha contra la dominación, y embridar al capitalismo en un nuevo marco de relaciones. Si la caída del Muro de Berlín supuso la globalización del poder económico, el socialismo deberá globalizarse. Soñemos con la europeización del Partido Socialista (Víctor Gómez Frías). Será un bonito día aquel que el PSOE sea una mera Agrupación del Partido Socialista Europeo. Sólo de esta forma será posible construir la Europa social y de los ciudadanos, frente a la Europa de los mercaderes. Nuestra obligación es ofrecer unos servicios públicos de calidad, con equidad, y competitivos con los mejores que se puedan ofertar desde el sector privado. Nuestro compromiso debe consistir en abolir la pobreza. Nunca más podemos inclinar la balanza hacia los poderes económicos para proteger al país de un riesgo sistémico (Banca) si al mismo tiempo alguien se queda en la cuneta. Somos un Partido de personas que luchamos por las personas. Es aterrador escuchar que la economía crece a un ritmo del 3%, pero comprobar que la mejoría no llega a la vida real que la gente puede llevar. Alguien tendrá que decirle a los que les va tan bien que tendrán que compartir su bienestar con los que no les va tan bien, y ese alguien es el PSOE.

Y, en tercer lugar, y más a corto plazo, el PSOE tienen un compromiso con la formación de un gobierno en España. No se deben repetir las elecciones porque ello conduciría a un colapso del sistema español de representación democrática por una sencilla razón: los autores del desaguisado no querrían marcharse a sus casas. Los sentimientos siempre difíciles de administrar, y quizás un exceso de especulación, han conducido a un callejón sin salida a los socialistas que ha desembocado en la dimisión de su Secretario General. Idéntico camino han de seguir aquellos que sigan en la cerrazón y en la elevación del tono de las exigencias más allá de la puesta en marcha de la legislatura. Cuidado que el sistema está en peligro.

El PSOE, desde la oposición, debe seguir expresando un “No” a las políticas pasadas del Partido Popular, y a su corrupción sistémica. Y al mismo tiempo un “Sí” a la cooperación con los nacionalistas vascos para que contribuyan a la formación de un Gobierno del PP a través del compromiso recíproco con las agendas vasca y española, como más arriba se ha explicado. Es conveniente un gobierno que tenga su eje central en el Parlamento para devolver España a los ciudadanos.

El PSOE tiene 137 años de historia. Ha vivido momentos durísimos, graves luchas fratricidas, debates intensísimos, se ha colocado al borde del precipicio en varias ocasiones, ha sobrevivido a una guerra, y a una dictadura de cuarenta años. Como comprenderéis, la situación actual es delicada, pero, vistos los antecedentes, podemos superarla. Apuesto por un Partido reformista, porque no asaltamos cielos, ni tenemos una necesidad de romper con un pasado reciente español que visto desde la perspectiva temporal ha sido positivo, y donde el PSOE ha desempeñado un papel relevante, aprendamos a reconocernos. Y somos gente honrada y sensata, ya decía Ramón Rubial que sólo podemos prometer lo que podemos dar. Hagamos socialismo donde siempre lo hemos hecho, en las familias, enseñando a nuestros hijos los principios y valores, para que ellos, a su vez, los cuenten a las próximas generaciones. Nos iremos, no sé adónde, y en España seguirán los socialistas. Y tengamos presente que un proyecto como el nuestro nace de abajo hacia arriba, lo elaboramos todos, desde la unidad, la concordia, y el lugar que en cada momento decidan nuestros compañeros y compañeras.

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Cada día es más intensa la opinión pública y publicada que pide la sustitución de los actuales actores políticos por otros que sepan desbloquear la situación del país para ofrecerle un nuevo gobierno. Y no les falta razón.

Los argumentos que se suelen exponer en defensa de unas y otras opiniones sobre el color que debiera tener el futuro gobierno son bastante alambicados, y parecen contradecir el mandato general de las urnas.

El Presidente del Gobierno en funciones, Mariano Rajoy, ha recibido un respaldo minoritario del pueblo superior al del 20 de diciembre, pero sigue sin conseguir ahormar una mayoría suficiente. Su responsabilidad es presentarse ante la Cámara con la mayoría que convierta prácticamente en incuestionable su investidura, o la de otro miembro de su partido, si fuera menester.

Al otro lado de la escena, la confusión es absoluta. Algunos dicen que hay que votar que no a la formación de un gobierno del PP, pero que no se deben repetir las elecciones en ningún caso. Decidme cómo se conjugan estos tiempos porque no lo alcanzo a comprender. En el fondo, hay una falta de autenticidad y un apego al regate corto y a la trampa que nos lleva a desconfiar a perpetuidad de los que siguen esta línea de argumentación. La sinceridad debe ser un valor que cotice al alza en la política, y no tenemos políticos sinceros.

Otros jalean al representante del PSOE para que no consienta un gobierno indecente de España, presidido por el “recortador” de derechos y libertades, el Presidente Rajoy. Olvidan que el pueblo ha reforzado el mandato de Rajoy para que forme gobierno, aunque todavía sea insuficiente, y ha otorgado una confianza mayoritaria a los partidos que conforman el bloque de la derecha. Hay quién se lleva las manos a la cabeza por esta decisión de los electores, y no se plantean si la derecha tenía rival consistente en estos comicios: puede que Rajoy no tuviera nada sólido con lo que enfrentarse, y esta es realmente la tragedia de la izquierda española, sin liderazgo, sin proyectos creíbles, fragmentada y dividida. No volquemos la culpa sobre el electorado…

Los que claman por la gesta de decencia del PSOE no explican sus dificultades. El pacto de PSOE, Ciudadanos y Podemos fracasó en la anterior edición de esta comedia, y no sé por qué iba a salir adelante ahora. Y el gobierno del PSOE con Podemos y los nacionalistas e independentistas hubiera sido posible hace veinte años, pero no ahora, por la deriva de la política catalana.

El gobierno de la próxima legislatura, si llega a existir, residirá en el Parlamento: todo deberá pactarse con base en las más diversas combinaciones según los temas. Por tanto, la resistencia a la formación de un gobierno para España no puede explicarse sino en términos de los costes de oportunidad de apoyar a un gobierno del PP. Como propuse tras el 20-D (aquí), conviene que los principales actores se repartan ese  coste, y bien en forma de abstención colectiva, o de voto afirmativo, den paso a la formación del gobierno en España, con un paquete inicial de reformas que necesita el país pactadas a dos años vista.

Sinceramente, creo que este es el camino, y que en su recorrido nadie debiera ser imprescindible. El PSOE debe estar en la oposición, y preparar un nuevo proyecto político, con nuevas referencias personales, tras sus Congresos. Y debe saber marcar con extraordinario rigor el límite entre lo que debe ser poner el país en funcionamiento y su referencia como principal partido de la oposición. No se puede ir más allá porque las experiencias europeas son aterradoras, y el pueblo no debe perder las referencias entre la derecha y la izquierda, que es el PSOE, según han recordado los electores tras las elecciones.

A lo mejor nos sirve de guía la experiencia de 1996. Entonces, por un margen pequeño de votos, el PSOE perdió las elecciones generales. El PP no tenía mayoría suficiente para gobernar, y Felipe González pudo haber convocado a las fuerzas del bloque constitucional (entre las que nunca estuvo el PP) para impedir el gobierno de la derecha en España. No lo hizo, captó el mensaje de los ciudadanos, era la hora de pasar a la oposición y hacer los relevos pertinentes en el PSOE, que hizo bien sus deberes, tras una travesía corta, en términos históricos, del desierto, y nos trajo al Presidente José Luis Rodríguez Zapatero, que por cierto, dijo aquello tan atinado de que nunca gobernaría si no tuviera un voto más que la derecha. ¿Consagraron los dos ex Presidentes socialistas un uso Constitucional de que solamente el Partido más votado podría formar gobierno en España?

 

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Conforme pasen los años, una inmensa mayoría de la población vivirá en las grandes ciudades. Responder a este reto con creatividad es uno de los temas relevantes del mundo actual.

De un lado, cabe que las ciudades nos las construyan los mercados, o las alianzas de los grandes poderes económicos. Detesto esta opción, porque, de otra parte, es posible que las grandes ciudades diseñen políticas para atraer y generar recursos humanos cualificados, clave de la prosperidad en el siglo XXI.

Preparar las ciudades para la conectividad, para las oportunidades profesionales, para un ambiente de innovación, con excelsas infraestructuras educativas, con opciones residenciales, con equilibrio social y seguridad ciudadana, mimando los paisajes y la calidad de los espacios urbanos: tales son las señas de la competitividad de las futuras ciudades.

Al comprobar el tamaño de los desafíos con la gestión del Ayuntamiento de Madrid por la alcaldesa Carmena, la decepción es mayúscula. Ha pasado ya más de un año desde la llegada al gobierno de Ahora Madrid y la ciudad, por primera vez, genera menos empleo que en el resto de los municipios de la Comunidad de Madrid. No existe plan de turismo, con grave merma del mismo. No hay plan industrial, y por tanto poca perspectiva de generación de empleo de calidad. No tiene política sobre el sector de los servicios profesionales, de un enorme impacto en la ciudad. No se dispone de una aproximación diversa y creativa a la cultura en la ciudad, más allá del vestuario de unos Reyes Magos que tan aireada y exagerada reacción provocó en algún miembro del PP: “no te lo perdonaré jamás Manuela Carmena…”

La Alcaldesa no tiene un plan para Madrid, y lo que es más grave, estamos perdiendo el tiempo para competir con nuestros rivales: Londres, París, Berlín, Roma.

Sin embargo, lo que sí tiene son ocurrencias que pueden poner en peligro el Estado de Derecho. Pone los pelos de punta su policía comunitaria, una estructura política, judicial y social paralela. Estremece su gestor de barrio, una suerte de comisario político nombrado por el ayuntamiento, que recuerda a aquellos personajes vestidos de negro de la película del Dr. Zhivago que impidieron su amor con Lara; o a los Comités de Defensa de la Revolución cubanos. Alguna explicación merece este asunto, que seguramente se ha contado mal. Aunque llueve sobre mojado, porque su compañero Pablo Iglesias quería montar otra gestapillo como vicepresidente del malogrado gobierno: ¡espías, jueces y fiscales bajo su dirección para perseguir a los corruptos y maleantes! Si hay algo que preocupa sobremanera de Podemos es su inexistente relación con el Estado de derecho.

El PSOE no puede ser cómplice de este gobierno municipal ni un minuto más. No puede asumir con su apoyo todo este disparatario y sobre todo, y lo que es más importante, la parálisis de Madrid. ¡Se acabaron los complejos! Los ciudadanos han sancionado que el PSOE es su instrumento desde la izquierda. Tiene programa, buenos gestores y gente eficaz que sabe lo que hace. Madrid no puede ser esclava de la bisoñez de Ahora Madrid. Es el momento de que Madrid tenga un Gobierno socialista.

La viñeta de la semana es para Puebla. La Sra. Alcaldesa de Madrid no es que tenga averiado el “ocurrenciador”, lo que le sucede es que no tiene proyecto ni gobierno.

 

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